Cuando no decides, decides tener ansiedad


Sí, sé que si tienes o has tenido angustia, el título de esta breve reflexión puede molestarte, porque además de angustiado, ahora culpable de algo que no deseas para ti. Pero lee un poco más.

Esta semana dediqué mucho de mi tiempo a actualizarme, dentro de mi maestría en psicoterapia breve, en un tema que casi me atrevería a decir que es moda: la ansiedad. Hoy se habla mucho de ella y, quizá lo más delicado, cualquiera habla de ella con tono de autoridad solo por publicar su opinión en una red social.

Yo podría hablarte muy extensamente del tema y con rigor académico, pero preferí compartirte algo de una aplicación muy práctica.

Aunque parece que cualquiera podría saber qué es la ansiedad, para enmarcar esta reflexión, citaré la definición de esa palabra por la Real Academia Española: agitación, inquietud o zozobra del ánimo. También expresa una acepción como angustia o temor que no permite el sosiego. Aquí solo me atrevería a aumentar que ese temor es, muchas veces, a algo que no ha sucedido, es anticipatorio e incierto. La persona con ansiedad no soporta la incertidumbre. Y aquí es en donde lo que un «manual diagnóstico» etiqueta como trastorno, lo que bien podría ser una reacción natural en un ser humano. Veamos cómo define la ansiedad la Organización Mundial de la Salud: respuesta emocional normal ante situaciones de peligro o estrés.

Como ves, la diferencia entre lo normal y lo patológico muchas veces solo es la magnitud. Pero todos hemos pasado por experiencias de ansiedad, esa sensación de preocupación excesiva. Quizá las nombramos de otra manera. A mí, en mi práctica de psicoterapia, me gusta mucho más llamarle «miedo». Porque eso se siente y porque es una emoción natural del ser humano. De hecho, siempre sugiero a mis pacientes, que hasta ya llegan diagnosticados o autodiagnosticados con ansiedad, que a partir de que me consultan a mí, siempre que nos refiramos a esa experiencia, mejor le llamemos miedo.

Toda la experiencia cambia.

Cambiamos una palabra y cambiamos la experiencia.

Y bueno, en mi experiencia de años de ver pacientes, si algo produce este miedo, esta zozobra del ánimo, en el 90 % de las personas que he atendido en mi vida, todas tienen un común denominador que yo identifico como una gran fuente de ese sentir:

No deciden. No cambian lo que saben que tienen que cambiar. Así, la persona gesta su miedo ella misma (gesta su ansiedad ella misma).

Sí, yo sé que es fuerte leerlo así nomás en dos renglones. Pero si te detienes a pensar fríamente un rato, siempre suele pasar. La persona sabe, y lo sabe perfectamente, que su pareja le hace daño y debe terminar esa relación cuanto antes. Y no lo hace. No se decide. Llega a consulta con ansiedad.

Yo veo matemáticas conductuales: 1+1=2. Esta persona me hace daño. Decido seguir con esta persona. Me siento mal, tengo miedo y siento mi vida amenazada.

Matemáticas elementales, en su variante conducta.

Quizá por eso fue muy aplaudida una publicación en mi página pública de Facebook que subí hace unos días. Decía: «¿Tomas algo para ser feliz? Sí, decisiones». A veces la gente preferiría que existiera un chocho, una píldora, una cápsula, un comprimido que, con tragarlo, todo mejorara. Pero no. Hay pastillas para «tapar» la experiencia de momento. Pero no se resuelve nada. Es un mero paliativo. En cuanto pasa el efecto de la pastilla, la ansiedad vuelve. Porque estamos poniendo un ventilador que elimine la humareda, sin apagar el incendio.

Una frase muy citada del afamado filósofo y ensayista español, José Ortega y Gasset, es: «Yo soy yo y mi circunstancia». Pero quizá no te sepas la frase completa. Permíteme compartírtela aquí:

Yo soy yo y mi circunstancia, y si no la salvo a ella, no me salvo yo.

¡Ah! ¡Qué diferente! Eso requiere tomar una decisión, la decisión de salvar la circunstancia, lo que salvaría a la persona. ¡Decidir! ¡Decidir! Ese es el reto. Y superar ese reto implica entender algo enteramente normal, precisamente otra frase de este gran filósofo:

La posibilidad de elegir es una tragedia: siempre hay una pérdida.

¡Naturalmente! El humano, siempre que decide, renuncia a la otra opción. El problema es que queremos todo, y todo no se puede. Por seguir con el ejemplo que cité: mi paciente quiere dejar a su pareja, y más cuando acaban de pelear, pero tan solo de pensar en dejarla… para siempre… le hace dudar porque también recuerda los hermosos momentos que han tenido… ¡Poquísimos! Pero los han tenido. Así, no logra decidirse. El paciente se angustia solo. Por no decidirse. No ha entendido que hay que elegir, de los males, el menor.

El estado más normal de un humano es vivir en conflicto. Desea dos cosas diferentes al mismo tiempo. Quiere bajar de peso y comerse todo el pozole con tres sopes y agua de horchata. Al mismo tiempo. No se puede. Quiere quedarse otros cinco minutitos en la cama, pero también quiere estar bien en su trabajo llegando puntual. A mismo tiempo. No se puede.

Entonces… ¿Qué hacer?, si no se puede. Aprender a moverse en la horizontal entre una opción y otra al punto en que sea la vida tolerable y satisfactoria. Sí quizá tenga que divorciarse, pero con el paso del tiempo logrará el paciente sentir y entender que fue lo mejor, aunque extrañe unas cuantas cosas positivas que existían en la endemoniada relación. Y eso lo descubrirá hasta que lo viva, hasta que haya decidido. Jamás antes. Mientras tanto, hay tensión. Y ahí aparece la ansiedad. La ansiedad es un síntoma, no una enfermedad ni un trastorno.

La ansiedad es un grito desesperado. Lo que hace un terapeuta avezado es investigar al servicio de qué está ese grito. Y esa investigación lo puede cambiar todo.

La angustia es el vértigo de la libertad de la posibilidad infinita. —S. Kierkegaard.

¿Qué habrá tomado Kierkegaard el día que dijo eso? Yo quiero.

La angustia es la señal de que estamos acercándonos a la verdad. —Nietzsche.

Ese día creo que Nietzsche brindaba con Kierkegaard.

Yo lo he visto con mis propios ojos en mi consulta. Conforme ayudo amable y pacíficamente a mi paciente a que vaya entendiendo lo que debe hacer, acercándose así a la verdad, el síntoma de la ansiedad suele aparecer. ¿Qué cosas no? Mientras nos engañamos, parece que la pasamos mejor… hasta que llegas a terapia y descubres que te estás engañando.

Todos dudamos. Todos tememos. Es normal. Es humano. Pero solo hasta que nos atrevemos a decidir, el síntoma de la ansiedad tiende a esfumarse. Sí, poco a poco, pero es la tendencia.

Como te dije al principio, el tema da para mucho, pero, a veces, un esquema «simplón» puede darnos tanta, tanta, tanta luz, que aquí te lo quiero compartir:

¡Emoción por entender!

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Alejandro Ariza Z.


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