En una de las sesiones de mi consulta que di esta semana, una persona me decía que le costaba muchísimo comprometerse.
Como siempre, lo escuchaba con profunda atención. Cuando fue prudente, intervine un poco.
Mientras hablábamos, apareció algo importante.
A veces creemos que el problema es el compromiso.
Pero… no siempre es así.
Hay personas que están pasando por un momento de sus vidas viviendo tan preocupadas por ver cómo pagar grandes deudas, pagar la renta, conservar el trabajo o simplemente llegar con algo de tranquilidad al final del mes, que toda su energía psíquica está ocupada en sobrevivir.
Y permíteme decirte algo incluso por experiencia: cuando uno está sobreviviendo, hablar de compromiso puede sonar como hablar de decoración cuando la casa todavía no tiene cimientos.
Y puede costarnos tanto trabajo poner o arreglar los cimientos, que empezamos a —evadirnos— emocionarnos decidiendo dónde poner un cuadro o debatiéndonos por el color de la cortina.
Primero lo primero.
Y no es que compromiso no sea prioritario, es que hay algo previo más importante aún: sobrevivir. Debemos aprender y comprender es que hay un orden en la importancia. El compromiso es importante. Y mucho.
Pero antes hay que fortalecer la base de nuestra existencia. Primero hay que desarrollar o resolver ese «sentirnos seguros y fuertes» para poder continuar con sostener algo superior.
Lo interesante es que en la sesión esta persona comenzó a comprender algo que nunca había considerado: que el compromiso no necesariamente es una preocupación como si fuera una cárcel. Se empieza a ver más como una fuente de dirección, estructura y significado. A veces rehuimos el compromiso porque creemos que así conservamos todas las posibilidades; pero, más bien, así renunciamos a todas las profundidades. Esas que se requieren para sentir que está valiendo la pena vivir.
Quizá la vida funciona así.
Primero resolvemos algunas urgencias.
Y después descubrimos qué vale la pena sostener.
Y entonces, poco a poco, aprendemos a comprometernos no porque nos obliguen o ya hayamos llegado a la «edad del compromiso», sino porque finalmente encontramos algo que merece nuestra permanencia y nuestra pertenencia: recibirla y darla por igual.
¿Por qué amo lo que hago? Bueno, varias razones. Pero hoy quiero compartirte una:
A veces una sola conversación permite comprender que el problema no era donde llevábamos años buscándolo.
¡Emoción por entender!
— Dr. Alejandro Ariza Z.
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