¿Por qué a veces queremos pelear?


Sonó una notificación en mi WhatsApp. «Doctor, ¿tiene tiempo de atenderme hoy?».

Estaba entrando a dar consulta cuando recibí el mensaje. Vi mi calendario y tenía una hora libre entre pacientes. Se la ofrecí y pude atenderlo. Una consulta de emergencia. Así se sentía.

La persona buscaba orientación porque las discusiones con su padre y su madrastra habían llegado a un punto que comenzaban a resultarle insoportables. Y antes de continuar, debo decir algo que me pareció muy, muy admirable: tuvo la gran inteligencia de buscar ayuda antes de actuar. Quiso pensar antes de responder. Deseó escuchar la opinión del terapeuta en quien confía antes de pelear.

No es poca cosa. Hacer eso es de grandes.

La mayoría de las personas buscan terapia —si buscan— cuando ya dijeron lo que no debían decir o cuando ya rompieron lo que no querían romper o ya provocaron heridas que después lamentan. Él llegó antes de la batalla.

Mientras describía lo ocurrido, de pronto pronunció una frase que me hizo guardar silencio por unos segundos. Me dejó helado por lo violentamente acertado. Y, como siempre pasa cuando un terapeuta escucha con profunda atención, mientras mi paciente hablaba porque se sentía en un espacio seguro, sin darse cuenta de la magnitud, atina a decir:

—Ya me siento tan herido que quiero guerra.

¡Qué manera tan precisa de describir algo profundamente humano! En una frase tan corta, un fenómeno tan contundente.

Ahí paré todo. Le ayudé a ver y juntos analizamos sus palabras; vi cómo claramente no podía dar crédito de que las hubiera dicho así. Sintetizó en ocho palabras el origen de las peleas entre humanos.

Solemos pensar que las guerras comienzan por diferencias de opinión, por desacuerdos o por intereses encontrados. Pero muchas veces no es así. Muchas veces comienzan cuando una herida lleva demasiado tiempo sin ser comprendida. No sentirse entendido cansa, porque cansan los enjuiciamientos, cansa buscar comprensión y aceptación en quien, para colmo, no puede darla. Y así, poco a poco, el cansancio muta a hartazgo, cuando dejamos de buscar comprensión para empezar a buscar distancia; pero ante la insistencia de los ataques, la defensa termina pareciendo inevitable, y el combate, justificable.

En años de dar consulta he podido observar que no es la diferencia de opiniones la que suele detonar una pelea; es el cansancio de sentirse injustamente malinterpretado, una y otra vez.

Quien se siente herido empieza a defenderse. Pero si se le sigue atacando, contraataca. Después, interpreta ya casi cualquier gesto como amenaza: un mensaje, el sonido del teléfono, un gesto. Y finalmente deja de buscar comprensión para comenzar a buscar victoria.

Al final de nuestra sesión le compartí una reflexión. Quizá la razón por la que su padre y su madrastra parecían atacarlo con tanta intensidad era, curiosamente, la misma por la que él estaba sintiendo deseos de pelear. Tal vez él representa para ellos una herida antigua, una historia no resuelta, el recordatorio vivo de algo que todavía les duele.

Y entonces apareció ante nosotros una posibilidad distinta —la dicha de la psicoterapia—: quizá no había personas haciéndose la guerra. Quizá había heridas que no han cicatrizado enfrentándose entre sí.

Pienso que gran parte de la madurez psicológica y espiritual consiste en descubrir esto a tiempo. Ver más allá del ataque y preguntarnos: ¿qué dolorosa herida está hablando a través de esa persona? ¿Y qué dolorosa herida está hablando a través de mi coraje y deseos de pelear para demostrar que tengo la razón?

Me alegró ver a mi paciente al final de la sesión con una actitud más pacífica. Cuando una herida encuentra comprensión, deja de necesitar la guerra.

Quizá una de las decisiones más sabias que puede tomar un ser humano es pedir ayuda antes de comenzar una batalla que, en el fondo, nunca quiso librar.

¡Emoción por entender!

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Alejandro Ariza Z.


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