Ayer se fue la luz tres veces en mi casa. Tres. Y dejando esa sensación de que en cualquier momento se va una cuarta. Como pasaba en los 80. Y sí, estaba lloviendo. Porque en la Ciudad de México, al menos por donde yo vivo, cada que cae un aguacero, la electricidad parece que solo funciona a secas.
Cuando se va la luz, se enciende la conciencia de la dependencia. Creo que como pasa con todo lo que de repente perdemos.
La primera vez estaba escribiendo en la compu, muy inspirado, y de pronto: módem muerto y nada de luz en la casa. Solo la pantalla prendida de la laptop por tener pila. Sentí el coraje inmediato de cuando la realidad no coopera con tus planes. La segunda vez ya vino con un pensamiento incómodo: “Mi vida entera depende de esto”. La tercera solo me dejó quieto, mirando al horizonte, aceptando el mensaje. Así es la CDMX, por lo menos eso pasa en mi colonia y aquí me tocó vivir.
Una vida enchufada
Trabajo, comunicación, entretenimiento, comida, salud, seguridad. Todo se sostiene en algo que no vemos, que damos por hecho y que se puede ir con algo de lluvia. Sin luz, mi computadora es un adorno caro porque queda incomunicada y el celular, casi una piedra elegante, por lo mismo. Tal parece que hoy nos comunicamos fundamentalmente gracias a la luz. Sin ella no hay conferencias en línea, terapia en línea, pagos a mis empleados, juntas, series, listas de reproducción. Solo quedas tú, tus pensamientos y la oscuridad de tu sala. Claramente se siente que algo se detiene de súbito.
Reflexionando, irónicamente, estos apagones me hicieron ver algo: no solo dependemos de la luz, organizamos casi toda la existencia alrededor de ella. Cuando se va, no solo se apagan los focos; se nos apaga la comunicación, la sensación de control.
La pregunta que me dejó el tercer corte fue directa: si mañana llueve, se vuelve a ir la luz y nada electrónico funciona, ¿qué queda de mí? ¿Sigo pudiendo pensar, crear, conversar, agradecer? ¿O me quedo congelado, esperando a que vuelva el wifi para sentir que mi vida continúa?
Me acomodé la realidad a modo y decidí empezar a alegrarme de que sigo pensando y tengo mi libreta de papel y mi pluma… y velas y cerillos. Eso por un lado. Por otro, un sutil recordatorio de que lo que creemos tener tan seguro, tan común, al grado que ni lo pensamos…, no lo es.
La luz, como la vida.
Te dejo la misma invitación a reflexionar: mira hoy tu casa, tus cables, tus pantallas, y pregúntate qué tanto de ti está colgado de un enchufe… y qué parte no. Vale la pena detenerse un momento ahí.
¡Emoción por entender!
—Alejandro.
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